ABUSO EN ÉPOCA DE CRISIS

¿Cómo llega todo un país a una crisis tan aguda? ¿En qué momento una gran parte de la población se empobrece tanto que sólo tiene para comprar lo estrictamente necesario y poco más? ¿Cómo permite un Estado cualquiera que los precios de sus productos básicos y más urgentes (pan, legumbres, verduras, mascarillas, guantes, geles hidroalcohólicos…) crezcan sin límites y que otras tantas compañías se lucren desorbitadamente ahora que la ayuda y la cooperación son tan necesarias? Y sobre todo, ¿cómo deja resquicio ese mismo Estado para dichas conductas?  ¿Cómo permite que su propio país quiebre de esa forma? Sin opciones para las personas y teniendo que acatar las normas de la mayoría de los comercios que pretenden “hacer el agosto” a costa de las espaldas de siempre los mismos, sin la posibilidad añadida de generar ingresos que, por otro lado, beneficiarían al propio Estado. ¿De verdad es nuestro país tan sumamente corto de miras?

 Estas, entre otras muchas más, son solo algunas de las preguntas que me planteo desde que es posible salir en las horas permitidas por el Gobierno y palpo el ambiente nuevo de la nueva calle. Prácticamente todo cerrado y otros tantos que se verán abocados al cierre incluso cuando puedan volver a levantar otra vez su persiana. Los que se mantienen abiertos están como “Pedro por su casa” con la subida de los precios que, mucho me temo, intentarán mantener después de que todo esto pase, si es que pasa, claro. Tal vez haya una vuelta a la vida de los años 50. El caso es que lamentablemente no me extraña, pues dice el famoso refrán que “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Deplorable se mire por donde se mire.

Empezando apenas la desescalada y contando con que no haya un receso, una vuelta atrás incluso más dura gracias a los miles de imprudentes que desgraciadamente pueden ya transitar por la calle, nos encontramos con cientos de empresas que están tratando de llenarse los bolsillos con las desgracias ajenas, sacando provecho a toda costa de esta inaudita situación.  Aunque bien pensado, más inaudito me parece especular y beneficiarse en tiempo de desgracias, he ahí el motivo de este artículo.

Tenemos ejemplos a raudales y de lo más variopintos. Bancos que se atreven a llamar a sus clientes, no para negociar el cese del pago de sus hipotecas, ahora que prácticamente nadie está generando ingresos, sino para sumergirlos en nuevos compromisos de dudoso beneficio mutuo, aseguradoras sanitarias desbordadas en las ventas de sus servicios más descabellados,  tiendas de barrio que llegan a pedir hasta doce euros por una simple caja de guantes de plástico, supermercados que han encarecido hasta en un 200% productos como la harina, el pan, la levadura y similares, empresas que ofrecen curas milagrosas para el virus, farmacéuticos con mala cara por vender mascarillas a 0,96 euros dispuestas al lado de las que han llegado a vender incluso a catorce, en fin, todo tipo de ventas, publicidad y transacciones comerciales que al fin y al cabo no son más que fraudes al consumidor, abusando del miedo y el desasosiego general de la población.

Supongo que aquí hay que distinguir dos hechos relacionados, pero totalmente distintos. Por un lado tenemos los fraudes puros y duros, cuya única finalidad es engañar y timar directamente al consumidor prometiendo lo que ni el mismísimo Trump creería aún bajo los efectos purificantes de un mínimo traguito de “blanqueador”. Y por otro lado, tenemos lo que podríamos llamar irónicamente la “mala praxis” de aquellos comerciantes, empresas y compañías cuyo principal fin es hacer dinero, sin tener en cuenta una ética o moral mínimas en las circunstancias extremas en las que nos encontramos actualmente.  Y es que mientras los oportunistas se ceban, el pueblo se desangra.

Obviamente todo ello me lleva a recapacitar sobre el fondo y el interior del ser humano y hacia donde nos estamos dirigiendo exactamente como país, como nación, como grupo, y por supuesto como personas. Es inevitable reflexionar y escribir sobre ello y más para los de mi “gremio”.  A la vista de las circunstancias, sinceramente creo que todo esto va a tener un coste muy alto a un cercano largo plazo, no sólo en los bolsillos de las personas, sino en sus corazones y en sus mentes. La impotencia de no poder hacer nada a gran escala, la indignación de sentirse engañado y a merced de lo que unos cuantos establezcan, junto a los bolsillos vacíos, será sin duda uno de los peores sinsabores que degustaremos esta nueva década que entra, y cuyos efectos se dejarán notar en nuestra confianza y en la forma de percibir al mundo y al prójimo incluso muchos años después de que todo esto pase. El mismo Estado que ahora nos deja de lado probará las consecuencias de ese desprecio cuando más necesite a  una población sana y equilibrada, apta para trabajar.

Con todo ello, es inevitable la pregunta. ¿Realmente el estrés y la ansiedad en estos momentos proviene de no poder abrazar a tu semejante? ¿O de que ese mismo “hermano” te esté traicionando por la espalda con su supuesta y falsa solidaridad y camaradería? Porque dime, a fin de cuentas, ¿es el miedo a la infección o el miedo al propio ser humano?

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