EL OPTIMISTA IMPRUDENTE

Con frecuencia se nos olvida que la etimología de las palabras es esencial para conocer una cultura y su sociedad, pues es en la raíz de las palabras y en la forma que tiene cada lengua de exteriorizarse verbalmente donde encontramos de qué forma se ha ido conformando y moldeando una sociedad y su pensamiento. Etimológicamente, la palabra “optimista” proviene del latín “optimus” que significa “buenísimo”. Así que, por definición, un optimista es aquella persona que siempre tiende a ver la parte más positiva y saludable de cualquier situación, creyéndose normalmente, con la capacidad personal suficiente para convertir en  favorable toda realidad por difícil que esta sea.

Es innegable que el optimismo permite superar con mucha más facilidad situaciones duras o adversas, y encontrar a su vez soluciones de forma más rápida para poder llegar  así a la meta soñada, o simplemente para hacer del día a día un contexto más armonioso. Así que SÍ, se podría decir que esta tendencia o cualidad personal es altamente beneficiosa para su portador y para todos los que le rodean. Se podría decir que, en general, el optimista evita  frustraciones importantes en su quehacer diario, siendo constructivo y viendo posibilidades donde otros sólo ven impedimentos.

El optimismo puede ser contagioso y de hecho lo es, y cualquier sociedad tiene el poder en sus manos para que prevalezca o al contrario. Sin embrago, hay muchos tipos de optimismo y parece ser que el que más impera en estos momentos en las sociedades actuales, y me refiero a estas del año 2020, este que jamás olvidaremos durante el resto de nuestras vidas, es el optimismo imprudente, el ilusorio, el que no ve peligro a pesar de las evidencias en contra. Y es por eso que en estos días nos estamos encontrado a miles de personas de todos los países con comportamientos que van un paso más allá de lo que se entiende por optimismo.

La prudencia es un valor que brilla por su ausencia en la actualidad. Al inicio de la crisis, muchos pensaron que ésta sería una época para reflexionar sobre nosotros mismos, sobre la situación actual, política, social, económica, y yo diría también sobre la disposición mental actual del ser humano en la vorágine en la que se encontraba y se encuentra. Pero no sólo no han tenido lugar dichas reflexiones, o al menos muy pocas o tan pocas que no han tenido el calado necesario para que el hombre cambie de actitud, sino que por el contrario, muchos no han medido bien en sus atrevimientos y me temo que el resto acabemos sufriendo las consecuencias de comportamientos no reflexivos u optimismos imprudentes, exacerbados y sin base ninguna.

Estos días la gente ha salido a la calle como si no hubiera un mañana, sin respeto ninguno en su actitud y con un comportamiento incívico a sabiendas de la situación tan delicada que estamos atravesando,  y la prensa se ha llenado de frases de “ciudadanos” del tipo “la vida mola”, “un día menos para abrazarnos” o “lo mejor está por llegar”, sin darse cuenta que la vida, mucho antes de que llegara esta crisis en la que estamos inmersos, ya era maravillosa, que no había que esperar para abrazar a alguien, o que lo mejor lo hace cada uno en su día a día con su comportamiento hacia los demás y hacia la sociedad de la que, y al parecer muchos no se han enterado, también forman parte. Pero claro, volviendo al principio del artículo, no me extraña lo que vamos a tardar en salir de ésta, teniendo en cuenta cómo nos expresamos y por ende, la forma que tenemos de ver la vida. “La vida mola” sin ir más lejos es toda una declaración abierta de lo que está pasando en estos momentos por la cabeza de esos optimistas imprudentes: tal vez no haya un mañana, disfrute quien pueda.

 Se me antoja más adecuada una etapa que oscile entre el optimismo sensato, la reflexión profunda, la paciencia y la resignación, pues la crisis durará años y debemos ser prudentes ahora más que nunca. El optimismo siempre será una cualidad positiva por la que abogar, pero desde la cordura y el entendimiento de nuestras posibilidades reales. Quizá lo más importante ahora no sea la hilaridad, sino un juicio ponderado y mesurado.  

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