Reconocer los errores

Resulta asombrosa la capacidad que tenemos de ver los errores ajenos, sin embargo, la cosa cambia si se trata de un error propio. Para ver el fallo en el resto casi nos falta tiempo, mientras que, para los nuestros, bueno, qué les voy a decir si apenas cometemos, ¿verdad? Pero pese al chiste, mucho me temo que nuestros errores son tan abundantes como los que cometen el resto. Personalmente, no pasa un solo día sin que reconozca que la he pifiado en esto, en aquello o en lo de más allá. Estar impecable las 24 horas del día es duro, muy duro y quien pueda o sepa hacerlo, por favor, que me contacte. Para estas cosas siempre estoy disponible.

Por si no bastara, muchas personas justifican sus errores de mil y una formas distintas antes que dar su brazo a torcer y reconocer que, sencillamente, se han equivocado. Y es que pocas veces me topo con un tú a tú auténtico y mucho menos aún con la naturalidad y la sencillez de quien sobre la marcha corrige y rectifica sin darle mayor importancia. Pues, que yo sepa, importancias las justas.

Sin embargo, detrás de estas acciones existen algunos mecanismos interesantes que sólo el ser humano es capaz de desarrollar con el fin de salvaguardarse. Esta enorme dificultad para ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro viene por la confluencia de varios factores de calado profundo. Para empezar, la educación que hemos recibido es esencial para entender nuestro comportamiento posterior. Si la persona ha sufrido burlas, desprecio o incluso castigos excesivos al cometer ciertos errores, es obvio que en su fase adulta trate por todos los medios de esconder sus imperfecciones y sus fallos a los ojos del resto. En la mayoría de estos casos, el individuo sufrirá vergüenza por sus acciones y tratará como sea de protegerse, bien rechazando la idea de haberse equivocado o, en los casos más extremos, mintiendo o incluso extrapolando las culpas a terceros que no tendrán nada que ver.

La imperiosa y por otro lado maldita necesidad de aprobación del resto es otro de los muchos factores que influyen a la hora de admitir nuestros errores. El hecho de querer integrarse y formar parte de un grupo siendo aceptado por el mismo es algo propio y natural del ser humano. El problema surge cuando la persona va un paso más allá en su necesidad de sentirse aceptado por este conjunto. Es entonces cuando la persona acaba condicionando su vida entera para gustar al otro. Esto implica estar siempre impecable y perfecto, lo cual ni es realista ni es posible. La presión ejercida por el grupo puede ser funesta para el individuo en estos términos.

Y precisamente, aquellas personalidades más minuciosas y perfeccionistas son las que presentan más probabilidades de no saber aceptar o encajar las críticas y por tanto los errores cometidos. Estas personalidades suelen ser bastante duras consigo mismas, basándose en unos patrones para nada realistas sobre lo que deben dar de sí como personas. Entienden que lo que se espera de ellas es la excelencia. El peso sobre sus espaldas puede ser abrumador.

Inevitablemente, la confluencia de todos estos factores hace que sea arduo poder reconocer los propios errores. Pero además existe otro punto importante a considerar. Aunque obviamente no todos los errores son iguales en importancia, lo que sí parece existir es una determinada valoración cognitiva según la cual se le otorga un tipo de importancia u otra a los fallos cometidos o a sus consecuencias. Y es este el quid del asunto. La importancia otorgada. Por ello, existen personas que aprenden de sus errores y siguen adelante y otras para las que literalmente el mundo se acaba.

La perfección no existe y reconocer los errores es un acto de seguridad personal y de madurez. El secreto está como siempre en mantener un justo equilibrio entre nuestros actos y nuestros pensamientos, en marcarse objetivos y metas diarias prudentes, razonables y según las circunstancias de cada uno, claro. Todo ello sin olvidar por supuesto que es vital saber cambiar la percepción que tenemos de lo que es cometer un error y la importancia asignada al mismo. Si seguimos esta cadena de pensamientos, nuestros sentimientos hacia el fallo y nuestra forma de encararlo irán cambiando de forma gradual. Todo ello hará que experimentemos la “bida” con más optimismo, energía y confianza. Por cierto, siento lo de la falta de ortografía. “El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada”.

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