SOBRE LA TAN POCO ESCRITA HUMILLACIÓN

La humillación es un tema del que poco se sabe como proceso psicológico y poco se escribe a pesar de ser (lamentablemente) un tema tan actual y tan presente en nuestra sociedad. A pesar de que comparte ciertas similitudes con la vergüenza, pues ambas implican aceptar (desde un punto de vista totalmente subjetivo) que hay algo negativo en la propia persona, ambas difieren en que la humillación supone además el darse cuenta de la injusticia del dolor sufrido. De esta forma, la humillación se presenta como una emoción altamente destructiva para el que la padece, ya que conlleva el interiorizar de alguna manera el haber sido víctima de un abuso y los consecuentes sentimientos encontrados que yacen de la propia situación al no entenderse merecedor de dicho dolor y vejación. 

Si algo me dice la voz de la experiencia es que ésta es una de las emociones más dañinas y difíciles de aceptar y digerir para el ser humano. Puede darse en todos los ámbitos de nuestra vida: laboral, sentimental, familiar, académico, círculos sociales o de amistades y prácticamente en casi cualquier terreno de actuación del que formen parte varios individuos. La humillación abarca, por tanto, desde los padres que alaban exacerbadamente a los amigos de su propio hijo en detrimento de éste, hasta el jefe que degrada a su empleado, aunque sin duda, una de las áreas donde más duele es en la sentimental por todo lo que conlleva  la propia relación.

La humillación  implica básicamente ser despreciado (a veces en público, a veces en privado) y la subsiguente aparición casi automática de un sentimiento de vergüenza y bochorno realmente obsceno, generando en el humillado una sensación de incomodidad y desasosiego que yo me atrevería a calificar de indecente, pues pisar la dignidad (el único trozo de tierra firme que nos aporta seguridad diaria) de un ser humano no puede ser sino inmoral. Por tanto, la humillación implica no sólo el verse devaluado por otro individuo, sino el tomar consciencia de que esa devaluación se ha producido gratuitamente, con el consecuente dolor que implica esa toma de consciencia. De alguna forma, la humillación provoca una pérdida de la propia identidad pues la autoestima del ultrajado se ve en serio peligro, completamente amenazada y yo diría casi hasta en «riesgo de extinción». Esto es así puesto que humillar supone denigrar o rebajar al otro de una forma lamentable, donde la impotencia por lo acontecido se mezcla con la vergüenza y la rabia, así como con la frustración de saberse el blanco perfecto.

Las emociones que surgen en el humillado pueden volverse muy profundas, llegando el afectado a crear una “coraza” o “capa protectora” de cara al resto de la sociedad que le vaya aislando cada vez más de ésta casi sin notarlo. Según sea la profundidad de la herida provocada, así  será la duración y la dureza de la “capa” exterior creada. Es altamente necesario saber reconocer que nos han herido y de qué manera para poder recuperar nuestra autoestima y seguir con nuestra vida diaria de forma normal.

Aunque es inevitable que a veces, a lo largo de nuestra vida, nos hieran de esta forma, desde mi punto de vista, el quid de la cuestión está en el aprendizaje que podemos sacar de todo ello, pues el problema real no lo tiene el humillado, sino el que humilla, ese ser débil, ruin y mezquino con una importante falta de seguridad, de autoestima y de autocontrol y que sólo siente plenitud si denigra a otro.

 Por todo ello, es fundamental saber ante todo cuánto vales y lo maravilloso que eres, no dudar jamás de ti mismo y mantener siempre alta la confianza en lo que eres y lo que haces. Debes quererte tanto y con tanta fuerza que los posibles actos humillantes pasen desapercibidos a tus ojos y te resulten hasta indiferentes. Debes brillar tanto y con tanta fuerza e intensidad que nadie sea capaz de apagar tu luz intentando atacar tu persona. Protege tu propio ser, tu identidad, tu corazón y, por ende, tu alma. Fortifícate y sé invicto.

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